El Ebro

El Ebro de Marín Bagüés
El Ebro a su paso por Zaragoza

En la construcción identitaria del Aragón moderno el Ebro y sus aguas han desempeñado un papel central: de hecho, pocas iniciativas han contado con mayor apoyo social que las que promueven el aprovechamiento de sus caudales y articulan la oposición al trasvase, entendido este como plasmación del incumplimiento de la ejecución de los riegos que la región reclama desde tiempos de Joaquín Costa.

El río, Hiberus para los romanos e Iber para los griegos, sería el responsable del primer nombre colectivo que por obra de los helenos se dio a la península Ibérica (Plinio, Historia Natural III 21) y la columna vertebral que desde época romana articuló un amplio territorio definido al norte por los Pirineos, al sur por el Sistema Ibérico y por ese “pasa el Ebro por el centro” de José Antonio Labordeta.

A lo largo de los siglos, el centro del valle del Ebro se erige en lugar de encuentro de las tres principales culturas y espacios lingüísticos indígenas del nordeste hispano: ibérico, celtibérico y vascónico; en eje articulador y principal vía de comunicación del distrito comandado por la romana Caesar Augusta, de las posesiones hudíes —desde Tudela a Tortosa— y del reino de Aragón, finalmente.

Buena prueba de todo ello es que el más largo y caudaloso río de la fachada mediterránea peninsular, pese a regar siete comunidades autónomas —Cantabria, Castilla León, País vasco, La Rioja, Navarra, Aragón y Cataluña— y drenar caudales de otras dos —Valencia y Castilla La mancha—, es percibido como algo particularmente propio por la comunidad aragonesa y su principal ciudad, Zaragoza, ‘la capital del Ebro’.

 

Francisco Beltrán Lloris, Catedrático del Departamento de Ciencias de la Antigüedad, Universidad de Zaragoza