El Maestrazgo y las guerras carlistas


Existen territorios que toman su carácter de la historia y el Maestrazgo es uno de ellos. Estas tierras elevadas entre las provincias de Teruel y Castellón y no muy lejos de la de Tarragona se forjaron en la frontera cristiana por las ordenes militares en tiempos de la reconquista y volvieron a la primera plana de la actualidad en el siglo XIX. Allí, en los momentos que comenzaba a construirse el Estado liberal, lejos de las principales ciudades y de las vías de comunicación más estratégicas, fueron buscando refugio muchos de los jefes carlistas que operaban en Aragón, Cataluña o Valencia, algunos tan conocidos como Carnicer, Cabrera, Serrador o Llagostera.
Con el paso del tiempo, la presencia carlista fue haciéndose habitual en el territorio. Las autoridades locales comenzaron a tener dificultades para mantener su fidelidad al gobierno de la reina regente María Cristina. Como las columnas liberales no podían ofrecerles protección constante, los alcaldes y secretarios de ayuntamiento se vieron impotentes para suplir con recursos propios la debilidad del gobierno y poder ofrecer seguridad a los vecinos. De este modo, poco a poco, fueron quedando incorporados al ámbito de actividad carlista que se extendía desde los puntos altos de las sierras del Maestrazgo hacia las tierras más bajas.
Un hito clave en la consolidación carlista en el territorio fue la toma de Cantavieja en la primavera de 1836. A partir de ese momento pudieron desarrollar allí infraestructuras militares, prestar atención a la intendencia, recaudar impuestos y reclamar servicios de manera sistemática, reparar armas, etc. Incluso comenzó a imprimirse un periódico el Boletín del Real Ejército del Reyno de Aragón, que reforzaba la idea de que existía un poder rebelde asentado en las montañas del Maestrazgo.
Fue el liderazgo de Ramón Cabrera el que consiguió que la mancha de aceite del poder carlista se extendiera cada vez más. En 1837 la Expedición Real, con el rey carlista al frente, pudo descansar unos días en su accidentado camino hacia Madrid. En 1838 los carlistas consiguieron tomar Morella y desde aquí asaltaron Zaragoza y llegaron a las puertas de Castellón. En Mirambel funcionó todo tiempo una junta que asistía en sus funciones a Ramón Cabrera. El ascenso hasta el verano de 1839 fue imparable, pero con la firma del Convenio de Vergara ese año todos los recursos del ejército liberal se volcaron sobre el territorio del Maestrazgo. El invierno fue el tiempo que se tomó el general Espartero para preparar las operaciones y en la primavera planteó su avance por Castellote, Cantavieja y Morella obligando a las tropas de Cabrera, con su general al frente, a emprender el camino del exilio.
Durante la Segunda Guerra Carlista, entre 1873 y 1875, volvió a reproducirse la estrategia de resistencia carlista, tomando Cantavieja y planteando desde aquí operaciones tanto sobre el Bajo Aragón, como sobre Valencia y Castilla. Fueron los tiempos de los generales Marco de Bello y Dorregaray y también de la presencia en estas tierras del infante don Alfonso y su esposa María de las Nieves. A diferencia de la guerra anterior el gobierno liberal decidió acabar militarmente con el foco del Maestrazgo antes de concentrar sus fuerzas sobre el frente Norte en 1876.
Tras el final de las Guerras Carlistas, el Maestrazgo ya nunca sería el mismo. Había quedado marcado por el conflicto y su experiencia histórica incorporada como un elemento que se funde con el propio territorio.
Pedro V. Rújula López, Catedrático del Departamento de Historia, Área de Historia Contemporánea