La Lonja
Cultura renacentista
Cultura renacentista


Zaragoza
La Lonja fue construida por decisión municipal en 1541-1551. Los regidores de la ciudad escogieron la propuesta del maestro de obras Juan de Sariñena, que era —dijeron— "muy buena y conforme a la intención". Querían hacer "una muy buena lonja", como las que ya tenían Valencia y Barcelona —también Mallorca—, de un alto coste, que calcularon en hasta siete mil ducados (154.000 sueldos). A través de su magna obra, Zaragoza mostraría su categoría en parangón con esas ciudades hermanas, como capital que era del reino originario de la Corona de Aragón.
Mallorca, Valencia y Zaragoza siguieron consecutivamente en los siglos XV y XVI el tipo que había adoptado a finales del siglo XIV la Lonja de Barcelona, concebida a partir del precedente romano de la basílica, según la describía en su tratado el arquitecto Vitrubio. Las cuatro lonjas monumentales de las capitales de la Corona de Aragón —únicas por su tipología en España y en Europa— se adecuaron perfectamente a su función: en su amplio y luminoso espacio se encontraban los mercaderes de altura para llevar a cabo sus transacciones. Además albergaban el banco municipal, cuyos depósitos garantizaba la ciudad.
La Lonja de Zaragoza, la "borsa" como llamó A. van den Wyngaerde en su vista de la ciudad de 1563, representaba así, por excelencia, los beneficios del gran comercio, el capital, el dinero. Por ello, Juan de Sariñena la diseñó rica y fuerte, como si fuera un arca de caudales. En el exterior, el alero se mostró pletórico de esta riqueza; por lo que respecta a la fortaleza y la seguridad, se expresaron en la singular faja de rectángulos rehundidos destacada en medio de las fachadas.
De modo menos abstracto, los canes del alero con el león heráldico de Zaragoza y máscaras de insidiosos gestos debajo transmiten el mensaje de que la ciudad domina al engaño, el fraude, en el comercio y en la recuperación de los depósitos de la tabla. Por su parte, los tondos que ocupan la galería alta de ventanas, hoy descolocados, presentaban, ordenados, a la familia imperial amplia, presidida por Carlos V, y debajo, a los ciudadanos, la élite que gobernaba la ciudad; acompañados de sus mujeres, pues, según la teoría política aristotélica, el gobierno de la república empezaba por el de la propia casa.
La ciudad y la monarquía, garantes del marco legal de los negocios y de la tabla de depósitos, se presentaban también en el interior del edificio, esta vez mediante símbolos heráldicos. Por último, la superior protección de Dios se invocaba a través de los angelotes tenantes del escudo de Zaragoza situados sobre las columnas. La inscripción que recorre el interior menciona a Dios, a los reyes y emperador Juana y Carlos, y al heredero Felipe, así como a los jurados que terminaron el edificio.
En la Lonja se expresa uno de los mejores momentos de la ciudad capital del reino de Aragón, en la época en la que la referencia a la antigüedad se incorporó con fuerza al elenco de otras tradiciones, vigentes mientras lo fue su significado.
Carmen Gómez Urdañez, Catedrática del Departamento de Historia del Arte, Universidad de Zaragoza