El Arquero
La pintura rupestre levantina
La pintura rupestre levantina


Estrecho del Regallo I
Valmuez-Alcañiz, Teruel
El arte rupestre prehistórico es uno más de los amplios y diversos elementos que forman parte de la cultura material generada por las sociedades prehistóricas. Sin embargo, la naturaleza del mismo lo convierte en uno de las unidades más destacadas al acercarnos a los componentes etéreos del ser humano: el sentimiento unido al pensamiento.
El arte levantino, es uno de los ciclos artísticos postpaleolíticos más destacados de toda Europa, conjugando en su amplia distribución (más de 750 estaciones en el tercio oriental de la península ibérica) particularidades técnicas, temáticas, escénicas y territoriales que permiten justificar su consideración como Patrimonio Mundial de la UNESCO (Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica).
Sin que, por el momento, sea posible contar con dataciones absolutas directas para estas manifestaciones rupestres, su filiación crono-cultural parece vincularse bien a los últimos grupos de cazadores-recolectores o bien a grupos neolíticos en sus primeras fases de desarrollo. En todo caso, el territorio, en su concepción de entorno natural, pasa a ser considerado paisaje (o espacio antropizado) en el momento en que el ser humano lo racionaliza, clasifica u ordena según las necesidades culturales de cada grupo y momento. El paisaje, como constructo cultural, se estructura en buena medida a través de la información que trasmiten los espacios decorados. En este sentido, los conjuntos rupestres levantinos, con la plasmación de narraciones transmiten de forma visual la manera de ver y entender el mundo (cosmogonía) por parte de sus creadores.
El conjunto de Estrecho del Regallo I cuenta con dos espacios bien diferenciados: uno exterior y de transición (con restos de pigmento y dos arqueros en el intradós del abrigo) y otro interior, oculto y, por tanto, íntimo, en el que aparece un gran arquero con una serie de adornos y detalles que lo singularizan así como un grupo de hombres y una mujer que integrarían una escena cuyo componente simbólico trasciende la acción (quizá en relación con una consideración ritual iniciática, atendiendo a la voluntad manifiesta de ocultación de las pinturas). Más allá de la accesibilidad al espacio, el valor ritual del conjunto aparecería marcado por el contenido más abstracto de la escena interior, que necesitaría de una “traducción” simbólica específica que se enfatizaría, precisamente, por la posición semi-oculta de la misma.
Manuel Bea, Contratado Doctor del Departamento de Historia Antigua, Universidad de Zaragoza